Memoria histórica : miente que algo queda
¿CUÁNTOS habitantes tiene Trieste? ¿Y Fuenterrebollo? Si preguntara en clase, la respuesta sería muy diferente si, por lo que sea, en la pizarra está escrito 15 que si aparece 1.000.000. En el primer caso los alumnos dirían un número muy inferior al que dirían en el segundo. Se llama efecto ancla: las cifras actúan como centros gravitacionales. Lo conoce bien el comerciante, de ahí esos extraños precios rematados en 99, o los militares, cuando dan cifras de bajas, aunque no tengan ni idea. Y, naturalmente, los políticos al contar manifestantes. Saben que no nos engañan, pero si nos dicen que hay cinco mil, contemplaremos seis mil o cuatro mil, no un millón.
En historia, peor. Las cifras circulantes de desaparecidos al final de la guerra civil, de bebes robados por Franco, de muertos con la llegada de los españoles a América, con el comunismo, el liberalismo, el catolicismo o de los albaneses en Kosovo son puras fantasías propagandísticas resultado de contabilidades imposibles o directamente tramposas. A veces, con tiempo, recursos y paciencia, se corrigen. Aunque importe poco, que la inercia es mucha. Cuántas veces Putin asesinó a Navalny, a pesar de los desmentidos de Ucrania y EEUU.
Cuesta mucho apearse de una creencia cuando el dato incómodo no encaja en los relatos consolidados. Los incontables documentales sobre la Segunda Guerra Mundial siguen repitiendo, y seguirán, la fábula facturada en 1945, impermeables a sus muchas fisuras (J. Lopez, O. Wieviorka, Les mythes de la Seconde Guerre mondiale, 2. Vols.). Si hasta mi admirado Santos Juliá trató con injusta dureza al prudente libro de Tardío y Villa sobre las elecciones de 1936.
Por supuesto, ante evidencias indiscutibles, hasta los más entregados están dispuestos a reconsiderar partes del guión. Pero solo partes. Harán lo posible por encajarlas, y las encajarán, en el relato ortodoxo mediante hipótesis ad hoc. No se escandalicen. No son sólo los conspiracionistas. Pasa en la ciencia, en la política y a cada cual cuando descubre una mentira en una persona querida: no contempla que su vida entera sea una mentira. Tendría que admitir que la suya también lo es. La inercia que sostiene la necesaria superstición de la identidad.
Al final, el cuento cobra su sentido: aunque pocos se creen las historias oficiales, nunca se entierran. En eso consiste imponer un relato, en mentir los primeros.
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