Sánchez y la muerte de la democracia
Cierto es que el poder ejecutivo, en las democracias representativas, está sujeto a los límites que trazan las leyes, como les sucede a todos los ciudadanos. No pueden hacer lo que las leyes prohíben, pero igualmente es imprescindible que dejen de llevar a cabo decisiones que, sin estar impedidas por las leyes, no son aconsejables desde un punto de vista ético, por los usos y costumbres democráticos o sencillamente por el sentido común. Son leyes no escritas que están dictadas por la prudencia y rubricadas por la necesidad de contención a las que el buen político se sujeta voluntariamente. Mientras el líder democrático hace gala de ese saludable autocontrol, el autoritario empieza por no sentirse obligado por los usos democráticos, prosigue adulterando las leyes y termina amordazando la justicia y secuestrando al poder legislativo, aprobando leyes que formalmente pretenden objetivos nobles, pero que realmente limitan los márgenes de libertad y oposición de los ciudadanos.
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