Un miserere para Miguel
Un miserere para Miguel
«ETA, escucha, aquí tienes mi nuca», «Todos somos Miguel Ángel», «Mira mis manos, no tienen sangre», «No son vascos, son asesinos», «Aquí estamos, nosotros no matamos», «Miguel, Miguel, Miguel». Por primera vez, las calles del País Vasco y de toda España se inundaron de gritos de dolor y plegarias Fueron dos días y una noche interminable, al cabo de la cual se consumó la ejecución de un inocente. Nuestro gran inocente.
Miguel de Unamuno habló en Del sentimiento trágico de la vida de lo que significaba «un miserere cantado por una muchedumbre azotada por el destino», «Resolveríamos mucho si saliendo todos a la calle y poniendo a la luz nuestras penas, que acaso resultarán ser una pena común, nos pusiéramos en común a llorarlas y a dar gritos al cielo y a llamar a Dios», escribió nuestro filósofo Los españoles pusimos nuestra pena común a la luz de las velas de la vigilia y gritamos a ETA. El miserere unió a un pueblo que descubrió que sus tragedias se resumían en realidad en una tragedia el terrorismo brutal y despiadado. El último terrorismo del mundo occidental. Los jóvenes que tenían 25 años cuando salieron a gritar ya llorar a las plazas de toda España tienen ahora 50 y no son capaces de explicarles a sus hijos lo que significó aquel miserere llamando al cielo para que frenara la mano asesina de los secuestradores de Miguel.
Se pueden relatar los acontecimientos No se pueden resumir los sentimientos de asco, impotencia y piedad que atravesaron el alma de toda la nación. El silencio estremecedor de las riadas de gente que acudía a las concentraciones. El rostro devastado del padre de Miguel Ángel llegando a su casa. El llanto compartido, incesante y desesperado de los millones de personas que esperaban el milagro que sabían imposible. Todo eso hay que vivirlo para poder recordarlo.
Mataron a un muchacho de Ermua. Un político humilde y anónimo que jamás en su vida pudo imaginar que la hora de su asesinato inicuo y cruel iba a marcar a todo el país que sólo supo de su existencia cuando iba camino del martirio. Su sacrificio, el dolor de su familia y la plegaria compartidos de vascos y españoles serían el principio del fin de ETA como banda terrorista. Los etarras ya no matan. Sus sucesores políticos se sientan en las instituciones. La democracia española ha sido generosa con ellos. Ellos no tanto con las víctimas. No han abominado de sus crímenes.
Lo que de ninguna manera deberíamos consentir es que nadie utilice la memoria de Miguel Ángel para hacer otra cosa que honrar su memoria y seguir llorando juntos la pena común de aquel miserere de hace 25 años.
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