Víctimas y verdugos

28 - 04 - 2021 / JOSÉ ANTONIO PÉREZ PÉREZ - FACEBOOK

Víctimas y verdugos

Mientras recorríamos ayer Bilbao y su entorno buscando localizaciones y recursos para un documental que estamos rodando nos encontramos en El Arenal con esta pancarta en memoria de Marisol Mujika, miembro de Iraultza, fallecida en 1991 junto a otros dos terroristas de un comando de esta organización cuando se disponían a poner en una bomba. Recuerdo el caso porque ocurrió en Sestao y me impactó, como otros muchos que tuvieron lugar en aquella época. Fuera de nuestro entorno poca gente conoce la trayectoria de este pequeño grupo. Mis compañeros, los historiadores Víctor Aparicio y Miguel García, han investigado y publicado sobre él.

"El 1 de julio de 1981 Iraultza irrumpía en el panorama político vasco tras la explosión de un artefacto en el chalet del empresario vasco Luis Olarra en Getxo. Desde entonces hasta 1991, año de su disolución -una escisión de la organización, Iraultza Aske, continuó, sin embargo, su actividad hasta bien entrada la década de los 90-, cometió más de 200 atentados con explosivos.

 Surgida de las filas de la izquierda revolucionaria vasca, concretamente de Euskadiko Mugimendu Komunista (EMK), sección vasca del Movimiento Comunista (MC), Iraultza trataría de poner en práctica una expresión concreta de “lucha armada” que difería en buena medida de la practicada por otros grupos como ETAm, ETApm o los Comandos Autónomos Anticapitalistas. El complicado y violento proceso de Transición a la democracia y su desarrollo específico en el País Vasco llevaron al EMK, surgido a partir de una escisión de ETA en 1966, a un mayor acercamiento con el mundo abertzale radical próximo a ETA y a reflexionar sobre las posibilidades de la “violencia revolucionaria” en aquel contexto concreto. Parte de su militancia decidió dar el salto y poner en funcionamiento una nueva organización armada que trataría de impulsar las luchas obreras y los movimientos sociales del momento mediante acciones de sabotaje con explosivos sin pretender caer en el “dirigismo” y la militarización. Su concepción de “autodefensa popular” intentaba ligar la violencia a las “luchas cotidianas” y que ésta fuese vista como una herramienta complementaria de acción política".

La historia de Iraultza es la de tantas organizaciones surgidas en aquella época, en la que un sector de la izquierda se vio fascinada por la violencia y el terrorismo. Sin embargo, en este caso, Iraultza nació cuando buena parte de otros grupos de similares características ya habían desaparecido. Probablemente el contexto del País Vasco en aquellos años favoreció que dieran el salto y se dedicasen a matar en nombre de la revolución. Ayer, mientras fotografíaba la pancarta que recuerda la muerte de esta joven me vino a la memoria la historia de la única víctima mortal que provocó esta organización; José Miguel Moros Peña. Era un chaval de tan solo 18 años y tan solo llevaba trabajando dos meses en una constructora cuando el 27 de junio de 1986 tuvo la desgracia de poner en marcha una máquina perforadora en Portugalete donde Iraultza había puesto una bomba. La explosión del artefacto le arrancó los brazos y murió unos pocos días más tarde. El sueño revolucionario que debía liberar a los trabajadores acabó en eso, una muerte absurda que destrozó a su familia.

Hace un par de años, gracias a la mediación de mi amiga Lucía Cristobal conseguí contactar con su madre para recoger su testimonio. Nos tomamos un café y hablamos. Ella, atropelladamente, nerviosa, aún terriblemente afectada por lo sucedido 35 años antes. Es difícil explicar lo que siente una madre cuando tiene que enterrar a su hijo, sobre todo cuando este ha sido asesinado. Viendo su estado emocional comprendí que la entrevista no tenía mucho sentido. Era incapaz de articular un relato coherente en medio de aquel dolor interminable. A veces es mejor desechar una entrevista, solo sirve para ahondar en el trauma. Ayer me acordaba de ella, de su hijo muerto, pero también en todos aquellos miembros de Iraultza que perdieron la vida como consecuencia de su propia violencia. No hay posible comparación entre unos casos y otros, como no la hay ni la habrá nunca entre las víctimas de ETA y sus verdugos, aunque unos cuantos muriesen en enfrentamientos con la Policía o mientras manipulaban artefactos explosivos para matar a personas inocentes. Por eso, cuando uno ve todavía en un rincón de este pequeño país que fue creciendo sembrado de cadáveres, pancartas que ensalzan la trayectoria de estos gudaris que luchaban por la liberación del País Vasco o por la de los trabajadores, no puede dejar de sentir una enorme y profunda repugnancia.

Espero que para estas horas el Ayuntamiento de Bilbao ya haya retirado la pancarta.

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