Vivir con miedo

09 - 03 - 2023 / JOSÉ ANTONIO PÉREZ PÉREZ - FACEBOOK

Quienes banalizan lo que supuso el terrorismo en el País Vasco ignoran lo que significó vivir con miedo en esta tierra tras recibir una amenaza de muerte por parte de ETA. Los mensajes podían aparecer pintados en la pared de un frontón para que todo el mundo los viera y tomase conciencia de quien era el señalado, o llegar discretamente en un sobre sin remite. Cualquier cobarde amparado en su anonimato era capaz de hundir la vida de una familia. Igual que le ocurre al pobre "Txato" en la Patria de Fernando Aramburu. Ve su nombre en aquel frontón, escucha los gritos que anuncian su muerte y se queda solo en la cola de la grupeta ciclista. Acaba de perder a sus amigos. Es un apestado. Sabe que ya está muerto. El texto siempre era corto, contundente, el anuncio de lo que ocurriría poco más tarde. “Vas a morir muy pronto”. Así eran entonces las cosas. Uno trata de imaginar lo que pudieron sentir quienes leyeron estas palabras, sabiendo que estaban ya en el punto de mira de la banda. La amenaza anónima fue uno de los actos más siniestros de cuantos rodearon al terrorismo durante los años de plomo. Aquellos que tuvieron la desgracia de recibir este tipo de mensajes trataron de ocultarlos a sus seres queridos. Cuando no lo consiguieron procuraron quitar importancia a lo sucedido.

Es difícil saber lo que pasó por la cabeza de Miguel Chávarri Isasi cuando abrió aquel sobre que llegó una mañana a su despacho. ¿Una amenaza real, una broma macabra? A finales de los años setenta, en Beasain, aquello solo podía ser lo primero. Aunque no estuviera firmado por ETA ni llevase su sello, todo parecía indicar que quien lo había enviado discretamente trabajaba o colaboraba para la organización haciendo una de las labores más mezquinas de entonces: extender el terror entre las personas que había decidido asesinar. El 9 de marzo de 1979 unos pistoleros de ETA entraron en el despacho del Miguel Chávarri Isasi, sargento de la Policía Municipal de la localidad guipuzcoana, le dispararon a bocajarro nueve balazos y cumplieron con sus amenazas. Los responsables de aquel crimen nunca lograron ser identificados.

Cuarenta años después de aquellos hechos entrevistamos a dos de sus tres hijos, Mari Sol y José Miguel. La cita tuvo lugar en un hotel de Logroño gracias a las gestiones realizadas por nuestro amigo Jerónimo, Presidente de la Asociación Riojana de Víctimas del Terrorismo. La historia oral es una disciplina que requiere de una preparación previa, sobre todo cuanto uno pretende entrevistar a personas cuyas vidas quedaron marcadas para siempre cuando apenas eran unos niños. No solo es necesario documentarse sobre cada caso, hay que actuar siempre con el máximo respeto, tratar de conducir el testimonio con cariño para poder obtener de él las claves necesarias que nos permitan comprender las consecuencias que tuvo la acción del terrorismo sobre miles de personas que lo sufrieron. Uno de los aspectos más importantes de una entrevista de este tipo consiste en reconstruir la vida de cada víctima, de cada ser humano asesinado por el odio.

Los hermanos Chávarri apenas habían hablado sobre lo ocurrido desde la muerte de su padre. Nos contaron que era hombre bueno, nacido en la pequeña localidad riojana de Chiuri, un joven que dejó su pueblo para venirse a trabajar a Pasajes en busca de un futuro mejor y terminó en Beasain, donde conoció a una chica, Milagros Machain, una vasca de Lazkao, empleada en el bar donde iba a comer aquel chaval. Mari Sol y José Miguel se emocionan al recordar aquellos tiempos, cuando su padre, ya en el cuerpo de la Policía Municipal, aprovechaba las vacaciones de verano para meter a la familia en un seiscientos y volver al pueblo durante unas semanas. Son los recuerdos de dos niños que dejaron de serlo aquella mañana de marzo de 1979. Su relato, como el de tantas otras víctimas, es una historia de soledad, una crónica que sirve para reconstruir toda una época. Por ello, cada vez que Mari Sol ofrece su testimonio en una escuela o en un instituto no solo honra la memoria de su padre, hace algo todavía más importante, contribuye a que las nuevas generaciones que no vivieron aquella época sepan lo que ocurrió en este país.

Gracias, queridos Mari Sol y José Miguel, por vuestra gran humanidad.

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