Y así estamos los constitucionalistas castellanohablantes en Cataluña
Y así estamos los constitucionalistas castellanohablantes en Cataluña
Si en todos estos años me he dedicado a contar anécdotas del día a día en Cataluña es porque estoy convencido de que es mucho más efectivo contar la magnitud de la frustración a través de situaciones concretas, tasables, que a partir de la elaboración de complejas reflexiones teóricas.
Y ahí voy de nuevo, para que los que me lean calibren la medida de la desesperanza, de la impotencia. Yo ya conté que a mi hija pequeña, que ahora tiene cuatro años, desde que nació le hablamos en castellano, sin paréntesis para facilitarle la adaptación al colegio, que fue el argumento del que nos convencimos mi mujer y yo para hablarle en catalán a mi hijo mayor durante los meses previos al inicio de su etapa escolar. Después nos dimos cuenta de que había sido una cesión ante la presión del ambiente y decidimos que con la niña no haríamos lo mismo.
Yo también conté cómo hace poco la maestra de mi hija le dijo a mi mujer en la última reunión que mi hija hablaba TODAVÍA demasiado castellano y analicé el alcance de ese adverbio, su carga simbólica.
Pues bien, hace unas semanas mi hija, a la que le gusta ir contando los cuentos que le leemos por la noche mientras va pasando las páginas, aunque no sepa leer todavía, empezó a contar el cuento en catalán. Mi mujer le dijo que ya lo podía contar en castellano, porque estábamos en casa. Y la respuesta de mi hija fue: “No, porque R. (la inicial del nombre de su maestra) nos dice que se tiene que hablar en catalán”.
No solo eso. El otro día, en la presentación de Sant Mori, cuando Bárbara Senillosa, que quedó prendado de ella, se le dirigió en castellano, la niña le contestó en catalán. Y entonces certifiqué algo que había intuido desde hacía un tiempo: mi hija responde en catalán a cualquier desconocido que le hable, independientemente de la lengua que utilice su interlocutor. Es decir, mi hija, con solo cuatro años, ya ha interiorizado que el catalán debe ser la lengua de relación con desconocidos, la lengua predominante en el trato social, y que el castellano es la lengua del ámbito familiar.
Y todavía yo, docente, tengo que recibir hace dos semanas un correo del sindicato USTEC calificando de “imposición” (y ataque a la lengua catalana) la libre elección de la lengua de los exámenes de Selectividad.
Y todavía yo, a propósito de la entrevista que me hicieron en El Triangle, tuve que leer en Twitter a un excompañero de instituto asegurar, en ese tono de asquerosa condescendencia, que entre él y yo nunca se produjo una conversación en catalán, de lo cual se podía colegir claramente que a mí no me habían intentado nunca imponer el uso de la lengua catalana.
Y, ¿a quién?, ¿a quién nos quejamos de todo esto?, ¿quién nos protege?, ¿quién defiende nuestros derechos, el derecho, por ejemplo, a que nuestros hijos no perciban su lengua materna como una lengua extraña, una lengua que no hay que hablar en público y con desconocidos? Bien, la respuesta es sencilla: NADIE. Así de simple.
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