Yo también soy un diluyente

16 - 08 - 2016 / JOAN VILAPLANA I MARTÍ (tomado de Facebook)

Yo también soy un diluyente

Hace unas semanas se propagó en la red un vídeo de la ya entrada en años actriz Montserrat Carulla en un acto de la ANC. En ese vídeo y con la pose de una cómica, que es la que esta señora pone siempre que se sabe delante de una cámara, dijo que las personas que se habían establecido en Cataluña a lo largo del siglo XX y que provenían de otros lugares de España -o estado español en neolengua- vinieron a diluirla a ella, al pueblo catalán y a la cultura catalana por obra y gracia de Franco. Estas palabras, propias de una racista indocumentada que no logra ni otear la suerte que ha tenido en la vida me sentaron como un tiro. Me hicieron buscar referentes y querer comprobar si lo que decía la comediante era cierto. Les explicaré pues, si tienen un rato para dedicarme, una historia de Cataluña. Ya les aviso que no es una historia apasionante ni sería candidata a ser guionizada para un film de Hollywood pero su valor reside, precisamente, en la realidad y la familiaridad. Empecemos pues, si tienen a bien acompañarme.

Isabel nació en un pequeño y humilde pueblo del interior de la provincia de Almería a los pies de Sierra Nevada y regado por el río Andarax un probablemente frío día de febrero de 1920. Fue la tercera de los ocho hijos de José y Juana, labriegos del lugar, que lograron llegar a la edad adulta. Otros tres no pasaron de la infancia y alguno más se malogró en el vientre materno. Consecuencias todas de las condiciones de vida, del lugar y de la época. Isabel pronto tuvo que arrimar el hombro y desde muy temprana edad acompañó a su padre y a sus hermanos a segar cereales, recoger esparto o tomillo y a recoger olivas. Y no solo en las tierras propias sino también en las de los terratenientes, donde se ganaban un jornal imprescindible para su supervivencia. No pasaban hambre pero no podían distraerse de sus quehaceres. Durante la primera mitad de la década de 1930 Isabel fue contratada como sirvienta en la casa de unas personas acaudaladas de la capital. Allí estuvo con las faenas propias del hogar gracias a lo que su madre le había enseñado: cocinar, limpiar, fregar.. .llevar una casa. Allí se mantuvo hasta que estalló la Guerra Civil e Isabel, con apenas dieciséis años, decide volverse al pueblo pues no hay lugar mejor para una situación así que estar con la familia. Diego y Valentín, sus hermanos mayores, tuvieron suerte y no fueron destinados al frente debido a problemas de visión. Durante la contienda, la familia perdió sus tierras y tuvo que subsistir incluso robando en terrenos ajenos para poder comer. Al acabar la guerra Valentín estuvo a punto de acabar preso por haberse significado como republicano pero la intercesión de un hombre acaudalado ocultado en la casa familiar por los padres de Isabel durante el conflicto, así como la ausencia de delitos de sangre y la propia reputación tanto de Valentín como de la familia le libraron de ese destino o de uno peor en aquellos tiempos revueltos. Isabel se reincorpora en el puesto de sirvienta que tenía antes del 18 de julio. La familia recupera las tierras pero están tan estropeadas que no dan para tantas bocas así que Diego y Valentín deciden marcharse a Barcelona, avanzada la posguerra, donde trabajarán de peones camineros en la reconstrucción. Por vicisitudes de la vida, se enteran de que en sendas casas de la burguesía catalana se demandan sirvientas así que se lo cuentan a Isabel y a su hermana María y ambas viajan a Barcelona en uno de aquellos trenes de posguerra, sucio, miserable e incómodo en un trayecto que duró más de 24 horas. Ambas empiezan a trabajar para los T. Al cabo de pocos años, mi abuela se harta de las condiciones y se va a servir a casa de los M., que pertenecen a una acaudalada e influyente familia industrial catalana cuyas ramificaciones llegan hasta hoy en día.

La vida de Isabel transcurre con monotonía en aquella Barcelona en blanco y negro de los años 40 y 50, entre taxis prebélicos, calles adoquinadas y tranvías estruendosos. Hacía años que había abandonado su pueblo y los duros años de la inmediata posguerra quedaban ya atrás. Su vida se resumía en trabajar para los M. y vivir en casa de éstos. Les acompañaba de veraneo como la sirvienta fiel que era. También, junto a su hermana María, habían estado enviando dinero al pueblo, lo que permitió mejorar el nivel de vida de los que allí se quedaron. Es de justicia decir que los M. nunca la trataron mal pues Isabel aún habla de ellos con cariño pero también es cierto que no gozó de los privilegios que sí gozaron las hijas de la familia, con las cuales no había una gran diferencia de edad. Las únicas distracciones de Isabel eran las películas, algún baile y un novio llamado Lucas con el que acabó rompiendo una relación de cinco años por habladurías. Lo que se llama una vida de ensueño. En estas que después del descalabro y por medio de una primitiva red social conocida como el boca-oreja le presentan a Martín, un hombre nacido en Badalona que trabaja en el Borne de mozo -antes de que los restos del mercado se convirtieran en coartada de las carullas que campan impunemente por Cataluña-. Para más señas Martín es viudo y tiene una hija que está entrando en la adolescencia. Isabel y Martín empiezan a salir y a principios de los años 60 se casan. Poco tiempo después nace la única hija de Isabel. La tiene con más de 40 años, algo poco habitual para la época y que solo ocurría en las películas de Paco Martínez Soria. Isabel abandona cuando su hija es pequeña la casa de los M. y ella y su marido viven de lo que él saca en el Borne y de la fruta que venden en mercadillos. También hacen trabajos caseros como envolver chicles a tanto la unidad envuelta amén de algunas horas limpiando que ella echa en una escuela. Estas labores les permiten vivir con tranquilidad y tener algún que otro lujo en el pequeño piso de alquiler donde viven durante la vorágine del Desarrollismo. Se deshacen de la Vespa con sidecar de Martín y se compran un 600 de segunda mano que les da muchos problemas -Isabel aún repite, escarmentada, que no hay que comprar coches viejos remitiéndose a aquel 600-. Aun así, aquel coche ganado con el esfuerzo de ambos les permite convertirse en domingueros de clase media: paellas en Lourdes* los domingos de primavera, escapadas a Caldetas a la playa en verano así como también les sirve de herramienta de trabajo pues en él llevan la fruta que después venderán en mercados.

Es obvio que entrados ya en los años 70 la vida de Isabel ha cambiado para mejor: su hija crece sana, la primera hija de Martín se ha casado y tiene hijos ya, tiene un marido que la quiere y las cosas andan lo suficientemente bien en casa como para cambiar el vetusto 600 por un 850, con el que siguen de domingueros y por los mercados de los pueblos. Son el prototipo del españolito medio pero todo ganado con el sudor de su frente, sin regalos ni concesiones de ningún tipo. Nunca han salido del país, ni se han montado en un avión ni conocen las vacaciones pagadas. Conforme avanza la década, la hija de Isabel se hace mayor y después de concluir la formación profesional entra a trabajar en un despacho. Conoce al que será su marido a finales de los años 70, lo que provoca la confraternización de las dos familias. El futuro marido de su hija es fruto también de una pareja formada por un catalán y una mujer de fuera, concretamente de un pueblecito de Zaragoza, que también vino a Barcelona a servir. Vidas paralelas o simplemente la vida de muchos catalanes, independentistas incluidos.

La década de 1980 traerá para Isabel situaciones ilusionantes y también tristes. A mediados de la década su hija y su novio se casan. Pero un año después la tragedia hace acto de presencia y Martín fallece a causa de un cáncer. Aquel hombre, aficionado culé, trabajador incansable, amigo de sus amigos, que le gustaba ir a Andorra y que pese a las restricciones de su médico ocultaba en su último coche, un Ford Fiesta verde con el que fue capaz de meterse en plena inundación, una bota de vino y un paquete de sal. Martín abandonó este mundo no habiendo llegado siquiera a la edad de jubilación. Años después, la hija de Isabel tuvo un hijo y ella decidió cuidarlo mientras los padres trabajaban. Esto significó pasar cada vez más tiempo en casa de su hija mientras su nieto crecía. Con los años, Isabel se instaló definitivamente en casa de su hija y dejó el pequeño piso donde había vivido con Martín. Su nieto ya no necesitaba cuidados. Más bien los necesitaba ella aunque todavía logró ser bastante autosuficiente unos años más y no se le caían los anillos por echar una mano en casa con las labores, a pesar de sufrir inmensas molestias en las rodillas a causa de las prótesis que lleva.

Hoy Isabel tiene 94 años. Sigue viviendo en casa de su hija, que la cuida como buenamente puede pues debe trabajar también. Aun así y por suerte, Isabel aún puede bastarse por ella misma para la mayoría de las cosas personales. Su nieto ha acabado ya la universidad pero como no ha podido entrar en el mercado laboral ha decidido seguir formándose y también la cuida cuando sus padres no están o no pueden ocuparse de ella. Alguien pensará que lo hace por compromiso pero es más bien una obligación moral, cuidar de alguien que siempre se ha preocupado por él. Entiende que es su deber aunque a veces le pueda parecer pesado o esto le haya frenado alguna aspiración. Isabel está ya, muy probablemente y para desgracia de los que la quieren, en los últimos compases de su vida. Duerme más horas que un crío y no tiene más pasatiempo que el televisor y acordarse de que le den una pastilla que le haga pasar la maldita migraña. Isabel nunca se metió en política. No sabe ni leer ni escribir y si bien lo entiende, no habla el catalán. No es menosprecio, simplemente no lo necesitó. Viene de un tiempo donde las cosas se hacían por necesidad, nada más. Nunca la he oído hablar de la cuestión nacionalista. Sospecho que o no está enterada o para ella simplemente no es importante. Los de ese lado contestarán que teniendo ya un escaso futuro por delante poco puede importarnos su opinión. Quizá tengan razón pero eso no implica que podamos faltarle el respeto gratuitamente como hizo Montserrat Carulla.

Algunos de ustedes estarán pensando qué relación existe entre el título de este artículo y la historia que les he contado. Si son avispados, cosa que les supongo, se habrán dado cuenta que Isabel es mi abuela. Con su historia solo quiero saldar cuentas con las carullas y los carullos que últimamente abundan en Cataluña. Mi abuela no le debe nada a la Cataluña carullense. Mi abuela abandonó su hogar y vino a ganarse la vida, que es lo que los pobres hemos tenido que hacer siempre. Mi abuela probablemente nunca supo que es ser una niña con una muñeca. La Carulla sí lo sabe y debería guardarse de hacer ciertos comentarios sobre personas que crearon y empujaron el mundo que a ella le ha permitido no morirse de hambre. Si no puede contener ciertas ideas, que las mantenga en la intimidad de su hogar al menos y que nos deje a los demás en paz. No le debemos nada. Sí, es lo que parece: me he tomado las palabras de la Carulla como algo personal. Y lo es realmente. Ha ofendido a la persona que más me importa en este mundo y eso no se lo permito ni a ella ni a nadie. No necesito sus disculpas ni las quiero ni las pido. Ni las de sus semejantes. Lo siento pero no soy generoso con el perdón y menos con los que no lo merecen. Me da igual su arcadia feliz y si no soy independentista no es porque sea un descerebrado españolista que cae en los mismos errores que las carullas. No soy independentista porque me niego a iniciar algo nuevo con gente de semejante ralea. Es imposible no acabar contaminado con ciertos contactos. No es una podredumbre que afecte a la genética sino más bien al alma. La historia de mi abuela es la historia de millones de catalanes a los que no preguntaron qué querían ser de mayores sino que se tuvieron que conformar con las migajas que cayeron de alguna mesa. Las manos de mi abuela han hecho más por Cataluña, su grandeza y su desarrollo que toda esta pléyade mesiánica y arribista imposible de destetar de las ubres de la administración pública. Mi abuela ya no está al corriente de la actualidad pero yo tengo que ver impotente no sólo como su legado es reducido a polvo y mierda sino como esta patulea se arroga también los méritos de la gente como mi abuela. Pues no, carullas y carullos. No me callo. ¿Dónde estabais cuando se hacían los cambios de turno en SEAT?¿Y en La Maquinista? No os vi nunca metiendo las manos en los telares para arreglarlos o pasando frío pavimentando carreteras. Nunca os vi sirviendo un té. En cambio no paro de veros viviendo a nuestra costa e insultándonos por no pensar igual. No paro de veros rompiendo los cristales de nuestras sedes o reventando nuestros actos. No paro de veros en las pintadas bravuconas que hacéis a cobijo de la noche, cobardes. Seguramente no lo entenderéis nunca carullos y carullas pero nuestra lucha no es para que tengáis una epifanía y os convirtáis en los más españoles de todos. No. Luchamos para que nos dejéis en paz, que ya es difícil vivir como para encima encontrar obstáculos gratuitos que algunos ociosos emplean como pasatiempo. Hoy me declaro vuestro enemigo acérrimo. Solo me basta desearos lo que dijo vuestro querido Rubianes cambiando solamente la palabra "España" por "vuestra Cataluña". No os confundáis. No mando al fondo de vuestros duodenos a la Cataluña real sino a esa versión cutre, pestilente y primitiva que nos queréis imponer. Y a usted Montserrat Carulla, decadente actriz y peor persona, sólo puedo desearle, en un acto extraordinario de generosidad que no merece, que cuando abandone el escenario de la historia pueda estar media hora en el Cielo antes que el diablo sepa que ha muerto.

*Lourdes es un merendero que se encuentra en el municipio barcelonés de Arenys de Munt. Ha sido tradicionalmente un punto de encuentro de grupos de familiares y amigos para celebrar barbacoas y paellas. (Volver)